Hay cosas que jamás entenderé de este mundo en el que vivimos. Una de ellas es el motivo por el que el jamón de pata negra esta tan bueno y otra es por qué la gente maltrata y abandona a los animales.

Esto último me machaca la cabeza cada vez que veo un perrito abandonado en la tele. ¿Por qué lo abandonas pedazo de hijo de la gran puta?

No quiero hablar mucho sobre ese tema, porque se me infla la vena y con este calor no es bueno, pero le deseo la peor de las muertes anales a esos cabronazos capaces de dejar en la cuneta al ser que probablemente más amor le tenía.

Hay algo en estos perritos abandonados que siempre logra que mi estomago de un vuelco, su mirada.

Es una mirada especial, porque no es una mirada de felicidad, precisamente, es de tristeza. De tristeza infinita de saber que aunque ha amado con toda su alma y ha sido compañero de fatigas y aun así lo han dejado tirado.

Esa mirada le durara toda la vida, aunque finalmente encuentre una familia que lo quiera con locura. Y no es porque ya no esté capacitado para amar, yo creo que es porque nunca jamás podrá ser feliz plenamente.

Ya no se fía, y es lógico.

Yo he tenido dos perros en mi vida, la primera se llamaba Beatriz y la heredé de mi abuelo cuando el murió, era la perra más inteligente del mundo. Un día llegó a casa triste, parecía que estaba malita y finalmente se fue en la mesa de operaciones, sin que yo pudiera decirle adiós.

El segundo se llamaba Keung (Kion) y le encantaba jugar conmigo, yo me escondía y él me buscaba. Murió de un infarto cerebral por culpa de un entrenador hijo de la gran puta, al que le deseo una muerte igual de dolorosa que la que él le produjo a mi enano. Tampoco pude decirle adiós.

Yo he amado locamente a mis perros y será por eso por lo que no entiendo como nadie puede dejar tirado a un pequeñín de estos.

El ser humano es muy ruin.