Quizás esté viviendo una segunda juventud con 24 años, lo que ya es llamarme viejo a mí mismo, me explico.

Yo con 17 años no hacia lo mismo que el resto de mi generación, ya que yo tenía novia. Y vamos, tampoco quería hacer lo mismo que ellos, yo era muy feliz haciendo lo que hacía, compartiendo un cine, compartiendo un brownie y compartiendo abrazos, cosas que me llenaban el corazón. No lo hubiera cambiado por nada.
Pero se supone que con esos años lo que uno tiene que hacer es salir por ahí de marcha, viernes, sábados y los domingos si encarta (97). Se supone que es la época de descubrimiento de locales variados, de botellones y de acostarte al hacer de día.

Y sin embargo es ahora cuando estoy viviendo, en mayor o menor medida, todo ese tipo de cosas. Es evidente, ¿si no lo hago ahora ya cuando lo voy a hacer? Además, si no lo hago ahora me moriría literalmente de asco.

Tengo que agradecer todo este panorama a un amigo al que he recuperado, y no es que nos hubiéramos peleado ni nada, simplemente nuestras vidas se distanciaron y no teníamos el mismo contacto. Pero claro, una vez que vivimos los dos de nuevo en la misma ciudad pues que remedio que rejuntarnos para vivir la vida.

Puedo decir que me encanta acostarme a las siete, aunque al día siguiente esté literalmente roto, que me encanta conocer a gente nueva y genial, que me encanta hablar de Richard Prior y la comedia norteamericana, que me encanta hablar de Ingmar Bergman… que me encanta esto que estoy viviendo ahora.

Tampoco es que haya remontado de un día para otro, la verdad. Pero poco a poco voy viendo la luz en muchos sentidos, aunque en otros no tanto. Pero poco a poco la vida sigue, y si no te suicidas tienes que remontar.

La vida es así, supongo.