Uno, a lo largo de su vida, va haciendo planes o cabalas en su cabeza, siempre mirando un poco al futuro. El día de mañana me compraré tal coche, viviré en tal sitio, tendré una casa con piscina, me compraré una caravana, viajaré por todo el mundo, me casaré con la mujer perfecta. Grave error.

Es muy posible que nada, o poco de eso, ocurra finalmente. Los planes que hacemos a la hora de la verdad no sirven para nada. Si algo he aprendido (no hace mucho, no os creáis) es que mirar al futuro realmente no tiene ningún sentido, no merece la pena. Hay que intentar vivir el presente, dentro de nuestras posibilidades.

Cuando somos jóvenes nos montamos nuestras películas en plan “La mujer perfecta para mi es rubia, guapísima al estilo clásico, con los ojos verdes, alta, con una sonrisa increíble, le gustará la misma música que a mi, bailar bajo la lluvia y cantar canciones pop”. Incluso nos atrevemos a dar ejemplos.

Pero a la hora de la verdad todo eso no vale una mierda. Llega un día, cuando menos te lo esperas, que alguien entra en tu vida, y lo más probable es que no se parezca en nada a eso que tú tenías pensado. No será rubia, ni si quiera será guapa para el resto de personas probablemente, los ojos los tendrá marrones como la gran mayoría de gente, no será alta y que cojones, ni si quiera tiene que sonreír. Pero dará igual.

A la hora de la verdad, cuando te quieres dar cuenta, no te has enamorado por ninguna de esas gilipolleces, lo has hecho por una mirada de reojo, por la forma en que mueve sus manos cuando está sentada, por como se le ondula el pelo cuando anda, por como se ríe, por como escribe por el messenger, por como mueve los labios cuando canta para si una canción, por como vive lo que te está explicando, por como se le iluminan los ojos cuando habla de aquel viaje, de los planes que tiene, de las cosas que va a hacer.

A la hora de la verdad, cuando te quieres dar cuenta, alguien ha entrado en tu vida, lo ha revuelto todo, te ha dejado hecho una mierda y tú te sientes estúpido pensando en que como es posible que ese alguien no se parezca en nada a lo que tú tenías pensado. Sientes incluso que te estás traicionando a ti mismo.

A la hora de la verdad no le pedimos peras al olmo y nos importa una mierda las mujeres perfectas de la tele o de las revistas, sólo nos importan las mujeres que son perfectas para nosotros, que no somos capaces de verle ningún fallo aunque para el resto sean feas, bordes, no tengan estilo o ni si quiera canten bien.

A la hora de la verdad, amigos, nos encontraremos en tierra de nadie luchando por algo que ni si quiera queríamos pero de la que irremediablemente ya no podemos ni queremos prescindir.